Cuando somos pequeños tenemos algunos miedos: a la oscuridad, a estar solos, a la noche, a los extraños... Pero podemos sobrevivir con ellos. A medida que crecemos, esos miedos adquieren más importancia y se multiplican, existiendo muchas variedades: a que nos hagan daño, a la muerte, a la enfermedad, a la pobreza, a que nadie nos quiera, a viajar, a conducir, a subir en un ascensor, a los espacios cerrados o abiertos, a engordar, a hacernos viejos... Podemos seguir conviviendo con ellos pero, en algunos casos, dependiendo de nuestra personalidad y de la situación que estemos atravesando, pueden hacerse con el mando de nuestra mente y cambiar nuestra vida por completo. Cuando eso pasa, que suele ocurrir con más frecuencia de la que pensamos y es muy fácil que esto ocurra, estamos perdidos porque veremos el mundo de otra manera y seremos incapaces de poder enfrentarnos a las situaciones que nos obliguen a tener contacto con eso que tememos.
El miedo puede adquirir un valor demasiado preciado, más del que tiene realmente. Pero es nuestra mente la que lo sobrestima y, por eso, tenemos tanto temor porque pensamos erróneamente que si nos enfrentamos a esa situación, correremos mucho peligro o algo malo nos pasará si lo hacemos.
Lo peor de todo es que una vez que tienes miedo a alguna cosa, poco a poco, aparecerán más fobias que complicarán mucho más tu vida.
Es difícil superar una fobia, muy difícil, porque creemos los pensamientos que tenemos cuando la padecemos y no comprendemos, por mucho que nos lo expliquen, por qué nuestra mente interpreta las cosas de otra manera que no es la real, hasta podemos pensar que estamos trastornados.
El tiempo y la terapia son los mejores aliados para superarlo. Una vez que veas esa cosa que te daba miedo de otra manera, te darás cuenta de que no era para tanto.

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